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PENÚLTIMA FASE DE LA CRISIS: EL HAMBRE.

Miércoles, 18 de Marzo de 2009

pobreza-problemas-sociales-59181Se habla y escribe mucho de la crisis económica que atenaza al mundo en estos días, ya aciagos para muchas personas. Los mejores expertos en economía, tras prevenir largamente a los políticos de la dureza de la crisis que se avecinaba y aconsejar, en consecuencia, sensatos y oportunos remedios para frenarla, se muestran, finalmente, confusos sobre el alcance y duración de la misma. A su vez, todo un nutrido grupo de políticos, exultantes de egolatría, discursean falsarios y prepotentes, sobre el drama, un drama que ellos mismos han ocasionado.

Mientras tanto, millones de trabajadores van al paro en el mundo entero, especialmente en España, con una tasa de desempleo que se aproxima peligrosamente al borde del colapso, integrada, además, por un elevado contingente de inmigrantes sin arraigo, sin vinculación a persona o cosa en el suelo hispánico. Situación que no puede obviarse con vanos discursos políticos y con medidas millonarias cuya efectividad no acaba de notarse, pues, lejos de mejorar la crisis, la empeoran vaciando peligrosamente las arcas del estado.

Se dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo, es decir, que conviene tener en cuenta la experiencia personal si se tuviere, y, más allá de ésta, la experiencia histórica a la hora de enfrentarse a cualquier situación social importante, especialmente si se trata de una grave e indefinida crisis económica con paro masivo y hambre…

Tales fenómenos sociales, desempleo masivamente creciente y hambre, representan dos claros factores de alto riesgo de convulsión social, que se agravan muy seriamente cuando van unidos a un enorme déficit en las cuentas del estado y a una clase política mayoritariamente instalada en el olimpo del despilfarro y la desfachatez, como viene ocurriendo, al menos, aquí en España. Situación que realmente recuerda (teniendo presentes, naturalmente, las debidas salvedades), los prolegómenos inmediatos de la Revolución Francesa y que se aproxima esencialmente a la Revolución Rusa (la de 1.905 fue solo el ensayo general de la de 1.917).

Teniendo en cuenta esta realidad histórica, cabría esperar que, si la crisis sigue su avance desolador, forzosamente habremos de llegar a su clímax, y entonces algo cambiará de manera trascendente en todo o en parte de la estructura básica del estado: en lo político, en lo económico, en lo judicial…

No se pierda de vista, en tal sentido, que se trata de una crisis de ámbito mundial, de evolución creciente e imparable hasta ahora, y de diagnóstico grave; todo ello bajo esa eterna fatalidad enigmática, bajo ese hado irresistible que viene a romper históricamente situaciones decadentes del poder establecido.

Así las cosas, sería deseable que, para el bien de todos, especialmente de políticos y banqueros como responsables de la crisis, el hambre incipiente no se haga peligrosamente colectiva hasta el punto de provocar el inicio de un nuevo ciclo social, coincidente esta vez con este III Milenio, que acaba de empezar.

Y si, inevitablemente, ha de ser así, que sea una transición pacífica y no jacobina; pero que limpie a fondo los lodos de la perversa corrupción política, e instale para siempre la auténtica democracia montesquieuana y participativa, adaptándola, de paso, a la mentalidad de los nuevos tiempos, y desarrollándola en la forma y medida que el sentido común y las modernas tecnologías lo permitan.

Obama: toma primera

Miércoles, 28 de Enero de 2009

obama-toma-primeraEl pueblo de los EE UU de América tiene la innata cualidad cinematográfica de la puesta en escena. Es algo que se evidencia prima facieen buena parte de su ingente producción cinematográfica, y, también, de manera muy notable, en los actos más solemnes e importantes de la vida real de aquel gran país, como ha sido el juramento de Barak Husein Obama.

A través de esa producción cinematográfica sin par, tanto en cantidad y variedad como en elevadas cotas de calidad, conocemos con detalle la historia de EE. UU., la idiosincrasia de su gente, el funcionamiento de su justicia, el controvertido estatus de blancos y negros, sus formidables logros individuales y colectivos, sus inconcebibles carencias sociales, la grandeza de su patriotismo, los éxitos y fracasos de sus intervenciones militares internacionales y los entresijos de su política interna, no menos detestable que la de otros países…

Una política interna en la que, al parecer, no faltan los grupos de presión con finalidad no siempre lícita, aspecto éste admirablemente ilustrado en la película ‘Caballero sin espada’, de Frank Capra, en la que su protagonista, James Stewart, interpretaba a un joven y honrado político que se enfrenta en solitario a la corrupción de un poderoso lobby dentro del propio Congreso de los EE. UU.

Ahora se trata de la puesta en escena de un acto de la máxima importancia y trascendencia para el gran país americano y en buena medida para el resto del mundo. Sin embargo, la inmensa expectación que ha suscitado este acontecimiento en todas partes no se debe solamente a la jura de un nuevo presidente de los EE. UU. de América, sino a la sorprendente particularidad de que ese presidente sea de color.

Un presidente de color por primera vez en la corta historia de una nación que llegó a hacer de la esclavitud un derecho natural compatible con el Evangelio de su fundamentalismo protestante, y que hizo de la segregación de los negros –hasta hace muy pocos años– una forma consagrada de convivencia social, de intolerancia manifiesta.

De ahí, la sugestiva importancia del juramento de Obama y su admirable apoteosis planetaria; de ahí su llegada mesiánica a la Casa Blanca en medio de anhelantes hosannas de gloria y esperanza; de ahí las brillantes peculiaridades de su grandiosa puesta en escena, inspirada siempre en el efectismo del séptimo arte.

¡Silencio, se rueda!’ –faltó que gritara, ante la expectación del mundo entero, el singular maestro de ceremonias–.

Sobre un hipotético plató en forma de reducido estrado circular, despejado y muy visible para la ingente muchedumbre de presentes y televidentes de todos los países, se inicia la gran secuencia de la jura.

Comparecen -como en un juicio- el señor y la señora Obama y sus dos hijas de corta edad, ante el presidente del Tribunal Supremo solemnemente revestido de toga e investido con el poder que le confiere el Estado para la ocasión.

Así, de pie ante el juez y apiñados codo con codo en la desamparada soledad del pequeño estrado, la señora Obama sosteniendo la Biblia cual alguacil de juzgado (según vemos en las películas), y las hijas guardando admirable compostura, se pronuncia el juramento.

La presencia de las niñas en el primer plano de un acto de tal índole, se debió, sin duda, a una cuestión efectista meramente cinematográfica, hasta el punto que la más pequeña, Sasha, de tan solo siete años, aparece en escena discretamente aupada sobre una tarima para hacerla visible sin desentonar, tal y como se hacia en los rodajes con los actores bajitos, como Alan Ladd y James Cagney, por ejemplo.

Fuera de plató, en un momento determinado, suena una notable melodía, digna de una gran producción cinematográfica, pues no en balde había sido compuesta, exclusivamente para este acto, por John Villiams, autor de bandas sonoras inolvidables como La Guerra de las Galaxias, Superman, Indiana Jones, Harri Potter, Tiburón,entre otras.

En otro momento, entra en escena la reina de la música popular negra (el soul), Aretha Franklin, para entonar una canción que emociona profundamente a la gran muchedumbre, mayoritariamente de color, que aborrota las proximidades del Capitolio, ante el que se celebra el juramento.

Por lo demás, existen en el guión real, no de ficción, de este acontecimiento nexos cruciales de la intrahistoria americana, verdaderamente llamativos, como la utilización de la Biblia del juramento de Lincoln, el Abolicionista, para el juramento de Obama, el Pacificador, hombre de color, cuya honorable esposa es descendiente de los esclavos que aquel liberó.

Cabría destacar también la similitud entre el discurso en general de Obama y el particular de Lincoln en Gettysburg, en los que ambos por igual muestran su preparación intelectual, inspiran confianza y revelan su capacidad de liderazgo, virtudes, por lo demás, nada frecuentes en los políticos.

Finalmente, cuando aparezca el THE END de su mandato, esperamos de corazón que Obama haya completado felizmente la gran reparación humana que inició Lincoln, y que brille su nombre, con luz propia, como hombre de paz y progreso en el concierto de las naciones de todo el mundo.

Vivir sin políticos

Sábado, 20 de Octubre de 2007

El título de este ensayo, tal vez insólito y aventurado, no pretende invocar ninguna teoría radical libertaria. En absoluto. Más bien se trata de una expresión esencialmente desiderativa que pretende sugerir la necesidad vital de evolucionar socialmente hacia una nueva era que deje atrás la degenerada clase política, como se dejaron atrás otras formas de poder ya superadas.

La sociedad del segundo milenio ha entrado en lo que se viene denominando la Era planetaria de las tecnologías, que está suponiendo un cambio sustancial de la vida en todos los órdenes. El motor y el soporte de este trascendente cambio son las nuevas tecnologías, cuya estrella indiscutible es Internet, lo que supone ciertamente una suerte de nuevo amanecer, al menos, en lo que se refiere a las formas de expresión de la voluntad popular. De modo que si el Renacimiento y más tarde la ilustración supusieron un revulsivo radical contra el establishment de la Edad Media en general y de la monarquía absolutista en particular, nuestra omnipresente y eficaz Era planetaria de las tecnologías debería serlo también contra la clase política imperante, de tan desvergonzada y degenerativa trayectoria. Una casta política, por otra parte, a la que con pasmosa excepcionalidad no se le exige ninguna preparación específica ni siquiera una elemental superación de pruebas selectivas, o al menos un sencillo test psicotécnico para alcanzar su generalmente bien retribuido cargo político.

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