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La balada del pueblo llano

Miércoles, 7 de Enero de 2009

la-balada-del-pueblo-llanoLa gente común y humilde de una población, a la que, en su conjunto, se denomina pueblo (4ª acepción del DRAE), evoluciona poco y mal, no obstante las oportunidades de desarrollo intelectual que ofrece la vida moderna.

Esta desafortunada realidad del subdesarrollo cultural y ético de una parte predominante de nuestra sociedad se manifiesta claramente en prácticamente todas las emisoras de televisión de España y, según parece, del extranjero, en mayor o menor grado de saturación. Y es que la televisión constituye el mejor observatorio -e, incluso, laboratorio- para este tipo de cuestiones.

A este fenómeno sociológico, se le viene denominando injustamente televisión basura por su contenido educacional inadmisible, por la carencia de dignidad y recato de alguno de sus especimenes más selectos, por su excesivamente baja calidad humana rayana en la abyección en algunos, por la falta de luces naturales al sacar memeces y trapos socios  ante toda España’, por el morbo o interés malsano que las miserias ajenas despiertan en la audiencia…; en fin, una clase de televisión que, sin duda, todo el mundo conoce.

Es verdad que en algunos de estos programas populares surge, muy de vez en cuando, como una estrella errante en medio de la oscuridad, un ser humano excepcional, adornado en su sencillez de tales virtudes que admira, emociona y conforta.

Tanto las empresas mercantiles que emiten la llamada telebasura como los profesionales que, con su trabajo remunerado, la hacen posible, lejos de ser menospreciados por tal actividad como se viene haciendo, deberían ser, en nuestra opinión, admirados desde el punto de vista de la mercadotecnia, pues su actividad se orienta legítimamente a servir -y a fomentar, sí, también- una muy sólida demanda de grandes proporciones, generadora de pingües beneficios.

Por lo demás, parece claro que la emisión de este tipo de subproductos encaja de plano en lo que es propio y legítimo de una economía de mercado, ciertamente liberal en exceso, como es, sin duda, la española. Tan liberal que permite, entre otras cosas, una publicidad en la que, junto a anuncios de intachable factura y de admirable ingenio, abunda la inconveniencia y el pésimo gusto, y hasta el ultraje del engaño manifiesto, más aún: se incita a la automedicación en temas en los que pudiera ser muy recomendable la consulta médica.

De otra parte, conviene tener presente que la demanda de la telebasura no es una demanda perniciosa en sí misma como la droga, la pornografía o el juego; ni proviene de un sector minoritario de la sociedad, como el jockey sobre patines o el tiro al plato. No. Por el contrario esta clase de demanda de la televidencia es manifiestamente masiva, y aparentemente inocua.

La telebasura emana, pues, directamente, del pueblo en el que reside su esencia. Algo así como el sofisma de la soberanía nacional, pero con bastante más verosimilitud. No obstante y pese a lo especificado en el primer párrafo de ese artículo, convendría concretar que dicho fenómeno social emana más bien de las llamadas masas populares, esa inquietante realidad histórica subyacente.

Los canales de televisión, como otras muchas empresas y también los políticos no hacen otra cosa que explotar sistemáticamente tan rico e inextinguible filón, mientras los manipulados se muestran dócilmente satisfechos e incluso aplauden felices al son de su propia y eterna cadencia; una cadencia que por antigua y repetida merecería ser denominada la balada del pueblo llano.

Los Reyes Magos y Papá Noël

Domingo, 28 de Diciembre de 2008

No existe estado de ánimo más intenso y genuino que la ilusión de un niño en la mágica noche de Reyes o de Papá Noel. Dos formidables acontecimientos festivos que fundamentan su mítica grandeza en el frágil corazón de los niños y en el tierno cariño de sus mayores.

Desde el portal de Belén, los tres Reyes Magos, oscuros y pobres astrólogos de la época, han evolucionado social y económicamente por mor de la bendita fantasía infantil -legítima e inteligentemente apoyada por la gente de mostrador-hasta convertirse en majestades de gran magnificencia y suntuosidad.

Tanto y de tal manera esto es así que la tarde-noche de la víspera de Reyes se presentan los tres ante los niños, apiñados y expectantes en las aceras de sus respectivas ciudades, a lomos de exóticos camellos, unas veces; briosos caballos, otras, o acomodados en impresionantes tronos sobre fastuosas carrozas, las más. Y no vienen solos en la noche, como ocurriera ante el Niño Jesús en Belén, sino en medio de una espectacular cabalgata de pajes y ayudantes que cautiva la inocente atención de los más pequeños, cuyos ojos quedan prendidos de ellos con atónita devoción.

Por su parte, Papá Noel, a bordo de un magnífico trineo tirado por renos, procedente de las gélidas latitudes del Polo Norte, surca el firmamento bajo las estrellas, rumbo a los hogares de todos los niños del mundo para dejar en cada uno de ellos sus regalos de Navidad.

Por la misma razón que los Reyes Magos, Papá Noel también ha experimentado una espectacular transformación desde aquellos tiempos en los que no era más que el caritativo y humilde San Nicolás de Bari.

Ahora es un orondo y dicharachero hombrecillo, que ríe a carcajadas, vestido de rojo y tocado con gorro del mismo color, todo ello ribeteado de armiño blanco, y que lleva sobre el hombro su peculiar saco lleno de regalos.

Naturalmente, Papá Noel, con su trineo volador, es mucho más rápido en sus desplazamientos que los Reyes Magos en su lenta cabalgata. Por eso, Papá Noel deja sus regalos a las 00,00 horas del día de Navidad, o sea justo al principio de las vacaciones, como debe ser; y los Reyes Magos, la noche del 5 al 6 de Enero, o sea justamente al final de las vacaciones, lo cual parece poco correcto, se mire como se mire.

Para solucionar esta cuestión nada baladí, se viene optando últimamente por escribir también a Papá Noel, que, como es sabido, no suele desatender jamás la carta de ningún niño bueno.

De esta inteligente y bondadosa manera se consigue duplicar la ilusión y el gozo infantil: primero, con Papá Noel, y, después, con los Reyes Magos; una vez antes y otra prácticamente después de las vacaciones. Todo ello, para contento de los papás, y legítima satisfacción de aquella buena gente de mostrador, a que nos hemos referido.

Bendita Navidad, pues, aunque sólo sea por la ilusión de los niños. Y en aquellos hogares y territorios donde esto no es posible, que llegue muy pronto la ilusión para pequeños y mayores en cualquiera de sus formas; y, sobre todo, que les llegue la paz segura y duradera, a la que todo el mundo tiene derecho.

EL VALS DEL VAGABUNDO.

Martes, 23 de Diciembre de 2008

Sobre las últimas hojas otoñales, cubierto por un largo y mugriento abrigo de grueso paño, las bocamangas remangadas por excesivas, los lánguidos brazos en cruz, y una oscura botella de vino en la temblorosa mano, un vagabundo, torpe e inseguro, gira valsando sin parar al ritmo de una música que sólo él parece oír en su limbo de alcohol y soledad.

Tiene, sin embargo, el vagabundo un patético halo de suprema y altiva indiferencia. El semblante hirsuto y acartonado, la mirada inexpresiva bajo un raído gorro de lana, el calzado deformado y roto…; todo en él parece evocar la pura imagen de la aniquilación personal.

La escena tuvo lugar, ayer mismo, en la cacereña Avenida de Jerusalén, de tan litúrgica recordación -Belén y Calvario, Natividad y Cruz–.
En plena actuación del vagabundo, pasa un niño de corta edad, de la mano de su abuelo. Ambos se detienen para contemplar la insólita escena. El abuelo se inclina sobre el niño absorto en la danza del extraño personaje y parece explicarle algo en el lenguaje de la infancia. Al rato, ambos se alejan sin que el pequeño deje de volver la cabeza para mirar al hombre de los harapos que baile y bebe de una botella.

De improviso, el niño levanta su manita y con instintiva tristeza, esboza su acostumbrado adiós, esta vez sin recepción ni respuesta. El abuelo menea la cabeza con pesadumbre y siente que una plegaria se le escapa del alma; una plegaria de Pasión impropia de la Navidad; pero nacida para la extraña pasión de aquel hermano que baila su propio calvario…

En la televisión de un bar próximo, los niños de San Ildefonso entonan su cantilena de premios de Navidad.

El vals del vagabundo

Martes, 23 de Diciembre de 2008

el-vals-del-vagabundoSobre las últimas hojas otoñales, cubierto por un largo y mugriento abrigo de grueso paño, las bocamangas remangadas por excesivas, los lánguidos brazos en cruz, y una oscura botella de vino en la temblorosa mano, un vagabundo, torpe e inseguro, gira valsando sin parar al ritmo de una música que sólo él parece oír en su limbo de alcohol y soledad.

Tiene, sin embargo, el vagabundo un patético halo de suprema y altiva indiferencia. El semblante hirsuto y acartonado, la mirada inexpresiva bajo un raído gorro de lana, el calzado deformado y roto…; todo en él parece evocar la pura imagen de la aniquilación personal.

La escena tuvo lugar, ayer mismo, en la cacereña Avenida de Jerusalén, de tan litúrgica recordación -Belén y Calvario, Natividad y Cruz–.

En plena actuación del vagabundo, pasa un niño de corta edad, de la mano de su abuelo. Ambos se detienen para contemplar la insólita escena. El abuelo se inclina sobre el niño absorto en la danza del extraño personaje y parece explicarle algo en el lenguaje de la infancia. Al rato, ambos se alejan sin que el pequeño deje de volver la cabeza para mirar al hombre de los harapos que baile y bebe de una botella.

De improviso, el niño levanta su manita y con instintiva tristeza, esboza su acostumbrado adiós, esta vez sin recepción ni respuesta. El abuelo menea la cabeza con pesadumbre y siente que una plegaria se le escapa del alma; una plegaria de Pasión impropia de la Navidad; pero nacida para la extraña pasión de aquel hermano que baila su propio calvario…

En la televisión de un bar próximo, los niños de San Ildefonso entonan su cantilena de premios de Navidad.

¿Qué es un ciber-ensayo?

Sábado, 20 de Octubre de 2007

Se podría decir que un ciberensayo o ciber-ensayo es un ensayo tradicional adaptado a las peculiaridades de Internet, como los periódicos de papel respecto de los periódicos digitales, como el lector de siempre y el cibernauta de ahora.

Es, pues, un ensayo que tiene un hábitat propio: el ciberespacio de Internet.

¿Pero qué es genuinamente un ensayo, un ensayo de los de siempre?

Para la Real Academia Española es un “escrito, generalmente breve, constituido por pensamientos del autor sobre un tema, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia.”

“Sin el aparato ni la extensión”…, es decir, con sencillez y brevedad. Si bien estas cualidades son válidas tanto para el ensayo de antaño, remansado en las páginas de una libro o revista reales y tangibles, como para el ciberensayo de ahora, perdido en la abigarrada inmensidad de la red de redes, conviene aligerarlo según las posibilidades intelectuales de cada autor. Para ello, sería aconsejable dotarlo de un estilo ameno y una prosa ágil en la medida de lo posible, pues, no en balde, Internet lleva el nada lento apelativo de autopista, autopista del conocimiento y la información.

El cibernauta no tiene el tiempo del lector antiguo, que apenas podía entretener el tedio de su ocio con algo que no fuera la lectura densa y pausada, las prolijas tertulias de rebotica, la pachorra de los paseos, de tan buen tono social… Por el contrario, la vida moderna está plagada de temas interesantes, reclamos y entretenimientos de todo tipo. Por ejemplo, Internet es por sí mismo todo un  mundo fascinante e insondable con sus luces y sus sombras, como el mundo real mismo. Entre unas cosas y otras, la atención del hipotético lector del ciberensayo se ve solicitada por un amplio abanico de posibilidades de lo más variopintas. De manera que su impaciencia está simbolizada por el dedo inquieto sobre el gatillo del ratón. Un simple clip y la presencia virtual del ciberensayo en la pantalla es reducida automáticamente a la nada absoluta.

¿Pero cómo retener la atención de esta libélula de posada efímera?

Afortunadamente, además de las libélulas, existen otras mentes más capacitadas y gustosas de conocer el reto intelectual de un ciberensayo, cuyo contenido, una vez analizado, pueden aceptar como bueno, interesante o curioso; o rechazarlo total o parcialmente, como un punto de vista no compartido.

Y es que el ensayo, sea publicado en papel o Internet, tiene, por su naturaleza, una orientación especulativa. Es de carácter filosoficoliterario y va dirigido a un público suficientemente cultivado como para tener una cierta capacidad teorizante, independientemente de las consecuencias de las cosas.

El ensayo que ahora le ofrecemos, apreciado lector –así como otros que vendrán después– está escrito para este preciso lugar de Internet y destinado, únicamente, por efecto de la selección natural, a lectores como usted.


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